Cuatro guerreros de piedra
La Pirámide B, conocida como el Templo de los Atlantes, sostiene en su cúspide cuatro colosos de basalto que pesan cada uno alrededor de diez toneladas. Están sentados con las rodillas flexionadas y los brazos apoyados en los muslos, una postura que transmite una vigilancia serena más que la furia bélica que suele atribuírseles en los manuales escolares. El basalto de Tula es particularmente oscuro y denso, lo que les da una textura rugosa que absorbe la luz del mediodía y los hace parecer aún más imponentes bajo el sol directo.
Detrás de estas figuras se erigen los pilares del coatepantli, un muro de piedras labradas que formaba parte del recinto ceremonial principal. Aquí yacen también los chacmools, figuras reclinadas boca abajo con un cuenco sobre el vientre, destinadas a recibir ofrendas de sangre y copal. La combinación de estas esculturas define la estética tolteca, un estilo que luego se difundiría por gran parte del valle de México y el centro del país, dejando una huella arquitectónica que va mucho más allá de los límites de este sitio específico.
Llegar desde el norte
El punto de partida habitual es la Central del Norte en Ciudad de México, donde operan varias líneas de autobuses que conectan con la capital hidalguense y continúan hacia Tula. El trayecto por carretera federal toma entre dos y media y tres y media horas, dependiendo del tráfico en la zona industrial de Tlaxcoapan. Es una ruta directa pero monótona, rodeada de depósitos de grava y fábricas que se extienden hasta el horizonte, una preámbulo industrial que contrasta bruscamente con la solemnidad de las piedras que esperan al final del camino.
El contexto real del sitio
Tula no es un parque virginal rodeado de selva; es un asentamiento que coexiste con una de las zonas de mayor actividad pesada del país. A unos pocos kilómetros del recinto arqueológico se levantan la refinería de Tula y varias plantas cementeras, cuyas chimeneas emiten una capa constante de humo y partículas que tiñe el cielo de un gris anaranzado en los días de viento en contra. El aire que se respira en la explanada principal tiene un olor a azufre y polvo que impregna la ropa y los pulmones con rapidez, una realidad que ninguna fotografía promocional muestra.
Esta proximidad industrial condiciona la experiencia sensorial de la visita. El sonido de los camiones de carga pasa de fondo mientras se intentan leer las leyendas informativas, y la calidad del aire puede resultar irritante para personas sensibles a los alérgenos o los contaminantes. A pesar de esto, la magnitud de las estructuras y la claridad de su conservación siguen siendo notables, pero el visitante debe estar preparado para una experiencia más ruda y menos romántica de lo que sugiere la cartografía turística.
¿Quién influyó a quién?
Durante décadas, el relato oficial insistió en que Tula, como capital de los toltecas, fue la cuna de la civilización que luego conquistó y fundó Chichén Itzá. Esta narrativa imperialista mexicana fue desmontada por décadas de excavaciones y análisis de cerámica que mostraron que el auge de Tula ocurrió después del apogeo de la ciudad maya. Hoy, los arqueólogos aceptan que la relación fue de intercambio mutuo y no de subordinación, aunque la confusión popular persiste en los guiones de las guías de viaje que aún describen a los toltecas como conquistadores de los mayas.
Lo que siempre preguntan
Antes de emprender el viaje hacia Hidalgo, conviene resolver las dudas prácticas que surgen al planificar esta excursión de un día, desde la logística del regreso hasta las condiciones climáticas ideales para disfrutar de las piedras sin sufrimiento.