La muralla sobre el mar
Tulum no es Chichén Itzá ni Palenque. No hay pirámides masivas ni esculturas colosales que justifiquen un vuelo transatlántico por la arquitectura en sí. Es un puerto amurallado, con una muralla de caliza que corre paralela al acantilado y unas cuantas estructuras de tamaño medio, la más conocida de las cuales es El Castillo, que en realidad es una torre de vigilancia. La piedra sigue en buen estado porque el sitio fue abandonado tarde, a mediados del siglo dieciséis, cuando otras ciudades ya estaban en ruinas. Eso explica la conservación, no la grandiosidad.
La vista es lo que vende la entrada. Desde la cima del acantilado, el Caribe tiene un color que no existe en ningún otro lugar y la muralla maya parece un detalle menor sobre ese fondo. Si vas por las ruinas, prepárate para que la mitad de la experiencia sea mirar el mar y la otra mitad sea esperar a que los grupos de la mañana pasen de largo. La luz de la mañana es la mejor para la fotografía; a mediodía, el sol está directamente encima y el calor hace que la piedra parezca aún más árida de lo que es.
El margen de error es de noventa minutos
La lógica del sitio es simple: los autobuses turísticos salen de Cancún y de sus alrededores en la madrugada y llegan a Tulum entre las diez y las once. Ese es el pico. Si entras a las ocho, cuando abren, tienes una ventana de hora y media para caminar por los muros sin que una guía con un megáfono te interrumpa cada tres pasos. A las once, el sitio cambia de naturaleza: deja de ser una visita arqueológica y se convierte en un desfile de gente buscando un punto de vista para el teléfono.
La playa que está debajo
La playa de Tulum está al pie del acantilado y se llega bajando por un sendero de tierra que sale por detrás de la muralla, no por la entrada principal. El camino no es empinado pero sí largo, y el suelo se pone resbaladizo si ha llovido o si la arena suelta del acantilado ha caído al sendero. La playa es pública en su mayor parte, aunque hay una sección donde funciona un hotel de lujo que controla el acceso a su franja de arena. El resto es libre, con algunos puestos de palapa donde alquilan hamacas y venden agua.
El agua está tibia todo el año y la corriente es suave, lo que la hace apta para nadar incluso si no se es buen nadador. Pero hay que tener en cuenta que la arena es de color claro y el fondo se oscurece rápido a pocos metros de la orilla; no es el tipo de playa donde se ve el fondo a veinte metros. La mezcla de arena blanca y agua turquesa es lo que la hace famosa en redes, y es también lo que explica por qué a veces hay más gente en la playa que en las ruinas a media tarde, cuando el calor hace que la gente abandone el sitio arqueológico.
Lo que cuesta llegar y ver
La entrada al sitio arqueológico tiene un precio fijo para adultos extranjeros y otro, menor, para residentes mexicanos. No hay tarifas por hora ni paquetes; se paga al entrar y la tarjeta es válida para ese día. El transporte desde el estacionamiento hasta la entrada es gratuito, un servicio de autobuses locales que hace el trayecto cada quince minutos. Si llegas en coche, el estacionamiento tiene un costo aparte, que se paga en efectivo. Si llegas en autobús desde Cancún, hay servicios que combinan el traslado con la entrada al sitio, aunque suelen llegar en el pico de afluencia.
Lo que siempre preguntan
Las dudas que repiten más los viajeros que llegan a Tulum tienen que ver con el tiempo, el calor y si vale la pena si ya se han visto otros sitios mayas. Las respuestas no son simples: depende de qué se busque, de la hora y de la tolerancia a las multitudes. Lo que sigue no es un consejo para convencer de ir, sino para saber a qué se está exponiendo antes de comprar el boleto.